Diario del Qué en Bolivia (2)

Segunda parte: El director de cine y escritor Eduardo Montes-Bradley, reali-zador de “El gran simulador”, film que no pudo ser estrenado en la Argentina, narra en esta crónica sus incursiones en territorio bolivia-no, particularmente en Santa Cruz de la Sierra, donde está por rea-lizar su próximo documental. Bolivia, en su opinión, es un país con-denado a la extinción, como Yugoslavia, como Checoslovaquia

  • DIARIO DEL QUÉ EN BOLIVIA (2)

por Eduardo Montes-Bradley

Son guaraníes, tobas, weenhayeks y tapietes. Están también los pacahuaras, quienes según registros recientes alcanzarían la frio-lera de once individuos, casi tantos como para una selección. Los na-tivos de por acá dicen que tienen sus muy originarios escrotos por el piso de la dominación de los nativos de allá arriba; es decir, de los kollas y los aymarás que los vienen explotando desde mucho antes de que a Pizarro se le ocurriera organizar el imperio de otro. Los de por acá dicen que Morales es mestizo, medio kolla y medio blanco, y que ellos no tienen en buena estima a ninguna de las dos subclasificaciones.

Newton advierte:

—“Si van a quedarse en Tarija vayan sabiendo que a los pros-tibulos los llaman mansiones y no “casa de damitas” como en Ber-mejo. Si de regreso pasan por Bermejo, no dejen de visitar “Okay”, ahí hay damitas que vienen de Brasil y Colombia”, dice Newton, “y no se preocupen porque a las damitas las ve el médico todos los mar-tes, aunque no haga falta porque no tienen mucho trabajo. Sólo turis-tas, las bermejeñas son bastante putas y a fin de cuentas, para qué an-dar pagando lo que a uno le regalan, ¿no?”

Bienvenidos a Padkaya

Al anochecer dimos con un pueblo a oscuras. El humo había quedado abajo, en los valles. Podría asegurar que Padkaya es bello a la luz de la luna. La oscuridad también es silencio y en los pueblos donde no hay luz la gente susurra. No entiendo bien por qué. Dice Newton que su familia es de allí, de Padkalla. Dice que más arribita hay un chorro y una laguna donde habita una sirena a la que muchos vieron. Las leyendas que hablan de sirenas en lagunas son comunes en estos pagos y me cuesta creerles, después de todo es sabido que las sirenas no son de agua dulce. ¿No será que de tantas ganas de tener una salida al mar los bolivianos las inventan? Newton me dice que cuando Bolivia recupere el mar, todo se va a solucionar. Nunca ter-miné de entender el argumento y le cuento que Suiza, rodeada de montañas, es uno de los países más ricos del mundo y que Haití, que sólo tiene salida al mar es uno de los más pobres.

—“Eso es allá; esto es acá”, contesta, y sin más se monta al volante de su Datsun Corolla con el que finalmente llegamos a Tarija un par de horas más tarde.

Tarija la linda

Tarija se parece en mucho a La Habana y los tarijeños le dicen “la linda” del modo en que los salteños llaman a su provincia “la linda”. Es bueno que el lugar en el que uno vive sea lindo. Yo he conocido ciudades horribles, por ejemplo Gualeguaychú.

A lo largo de este viaje habrá siempre quien sostenga la origi-nalidad conforme a un supuesto orden de llegada o lo que es peor, de su creación. Supongo que la originalidad es otra cosa y hace a la ex-clusividad. Ser originario por estos pagos no resulta demasiado ori-ginal. Bolivia es un pueblo hecho de muchos pueblos, todos distintos y originarios seguramente, pero vaya uno a saber de dónde.

Voy a durar poco en Tarija. Una noche de luna llena y una tru-cha rellena. Bajando por la calle Virginio Lema en busca del Gua-dalquivir me encontré frente a un muro de adobe en el que leo: “Evo: Tarija será tu tumba”. Bolivia: siete letras, un millón y medio de pre-guntas.

Por la mañana temprano, mientras el Negro y Guille ultimaban los detalles de la partida, aproveché para comprar una libreta de ano-taciones, un cuaderno de hojas cuadriculadas y tapas plastificadas con ilustraciones del elefante Trompita. Poco serio.

Apenas se aleja el viajero de Tarija, se encuentra con el desvío a Oriente donde comienza la subida a la cordillera de Sama. A dos horas de andar, la temperatura cae unos diez grados y lo verde desaparece delante del lente como si se lo hubieran cargado. Atrás (a-bajo) queda Tarija, oriental, húmeda, petrolera, guaraní-amazónico-upitera con olor a tierra mojada y siestas a la sombra de un lapacho. La tumba de Evo, a decir de muchos. Por delante, el altiplano: terra-cota, seco, árido, polvoriento, inhóspito, bello hasta las nubes, kolla-céntrico y minero, quechua y aymará. Entre una Bolivia y la otra: na-da. La nada, una guerra a punto de alimentar la fragua documental. Hace dos horas estaba en Tarija, ahora busco sin suerte el empalme a Potosí. En Bolivia no hay mapas. Dicen que en el Archivo General de Indias hay un par que bien valen la pena, pero por acá no se consi-guen. En eso andaba, cuando la última curva se desdobló sobre una huella ancha y recta que devolvía al terreno la horizontalidad perdida. Aparecieron las primeras casas de adobe, algunas cabras sueltas, una vaca, prendas secándose al sol en patios demarcados por muros preca-rios de barro y piedra, perros y un cementerio, después otro. Dos ce-menterios parecen demasiado para un lugar como éste. Antes de llegar al caserío, cruzamos un puente sobre el lecho pedregoso de un río se-co cuyo nombre (si alguna vez lo tuvo) nadie recuerda. Casi sin dar-nos cuenta llegamos a Iscayachi, el Kandahar de América.

Iscayachi

La calle principal sin nombre es tan ancha como la pista de a-terrizaje para narcotraficantes. Por un momento, tengo la impresión de que detrás de un edificio va a asomarse un Humvee cargado de ma-rines tras los pasos de una banda de talibanes a caballo camino a Da-bare. Tal vez no. Un niño en bicicleta pedalea en dirección al cemen-terio. Sobre el manubrio, un manojo de flores blancas. Las mujeres del pueblo se parecen a la limonera de la calle Cangallo y a su pa-riente del mercado en Bermejo. Casi todas van vestidas de tradición, pero ellas no saben que los suyos son trajes típicos. Me da la impre-sión de que esas mujeres han perdido algo: ya no son originales. Entre las más jóvenes hay alguna que optó por las muy marcadas formas de un Lee bien ajustado, desteñido, made in China. Pero les falta relleno. Todavía no he visto un buen culo en lo que llevo relevando terreno boliviano. ¿Será? A mí me gustan las kollasen jeans más que las kollas con pollera a pesar de lo que les falta. El jean resulta siempre más honesto, las polleras engañan. Los hombres, en cambio, van de pai-sano y usan gorra de béisbol de algún club de la liga americana o de una destilería de petróleo cruceña. Además de soja, Santa Cruz tiene petróleo y gas y oleaginosas y esas cosas. Durante siglos, lo que im-portó fue la plata de las minas y a los potosinos les valió madre que los orientales vivieran de la caza y de la pesca. Ahora la tortilla parece haberse dado vuelta. Más allá, una gomería sin gomero y un camión estacionado junto a la esquina desde la que unos tipos miran y se son-ríen. Somos un éxito: ¡Somos exóticos! En uno de los muros de la pis-ta de aterrizaje leo un graffiti que insta a votar por “un hombre que hace cosas”, pero no revela ni identidad del sujeto ni cuáles las cosas que hace. Me da la impresión de que por aquí ya nadie hace nada y que el almacén de Roberto Sánchez y René Soraide no ha vuelto a a-brir sus puertas desde que Castelli se animó con el Ejército Auxiliar. No debe de ser fácil auxiliar a nadie en Iscayachi, menos un domingo. Todos parecieran estar esperando algo, ¿pero qué?

La señora Mamani, propietaria del único almacén abierto en domingo, asegura ante la pregunta de rigor:

—“Siga derechito hasta El Puente, de El Puente a Las Carreras, de Carreras a Villa Abecia y de Villa a Camargo, pasando por Palca Grande. De Camargo a Tacaquira, Muyuquiri, Padcoyo, Licore. Después viene Totora Palca, Belén y Cucho Ingenio. Ahí ya va llegando a Potosí, caballero. A no más de las cuatro.”

Se me ocurre que no se consiguen mapas del altiplano porque la gente no los necesita.

Antes de abandonar Iscayachi, aprovechamos para comprar al-gunas galletas y unas cuantas botellas de agua. Las señoras volviendo del río con las tinajas cargadas ya no son parte de la postal y las se-ñoras aseguran que prefieren las botellas aunque, llegado el caso, parecieran dispuestas a posar para el National Geographic.

—“Las botellas son más prácticas en llevar señor”, dicen. Comprando estábamos cuando nos dimos cuenta de que los nativos habían rodeado la camioneta o “movilidad”, que es como se le dice por estos pagos a cualquier forma de transporte. Poder trasladarse implica no permanecer sentado sobre un bulto, apoyado contra un muro, mirando por los visillos. En Iscayachi las apariencias engañan: donde todos parecieran estar de paso están, en realidad, esperando algo que los traslade, que los transporte. Por más exóticos que fuéramos, no nos miraban a nosotros, miraban la camioneta y la posibilidad de un pasaje. Tal vez esto último explique el engorde de las tropas de Belgrano. Se me ocurre que en aquel entonces, la posibilidad de sumarse a un ejército de campaña tendría mucho que ver con la inmovilidad. Esta gente, a pesar de las limitaciones, viaja distancias considerables si se tiene en cuenta que parecieran estar siempre en un mismo lugar. Supongo que no son ellos, son otros. Me miran y los miro; amago a moverme y nada. Tengo la impresión de que éste es un juego que e-llos conocen mejor y que juegan desde siempre. También está claro que no tienen ningún apuro y esperan jugar sus fichas cuando intente marcharme. El “no” ya lo tienen, lo que no tienen es nada que perder. Me toca mover a mí.

Gringo sube a camioneta. Your turn. Ellos juegan en equipo. En la aproximación vino el diálogo en lengua partida. Casi todos los nombres de lugares que arriesgan resultan incomprensibles a mis oídos. Alguien tira San Vicente camino a Villazón. Seguramente el hombre piensa que vamos de regreso a la frontera, pero se equivoca. Digo: “¡Voy a Potosí!” El hombre insiste: “¡San Vicente!” Pienso que por San Vicente anduvo Butch Cassidy y la posibilidad resulta tentadora. Lo pienso, dudo un instante. El hombre sonríe como si me tuviera entre las cuerdas. Me toca mover a mí:

Potosí, voy a Potosí si alguien va para ese lado, que subadigo. Todos menos dos se retiran desanimados. Los que se van lo hacen como los pajes, sin reverencias, caminando despacio hacia a-trás. Las dos que quedaron en el tablero son mujeres. Una va vestida para la postal, la otra de jeans, made in China.

—¿Hasta dónde van? — pregunto.

—Hasta allacito— dice la que parecía ser la madre de la otra.

Dejamos Iscayachi con dos pasajeros en tránsito rumbo Potosí el 23 de septiembre a las 12:15 pm. Temperatura: 19°. Humedad 12%. Vientos leves del sector Norte.

Visibilidad: una preciosura.

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