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La historia que da origen a la idea de que una conmoción juega a favor de intereses particulares tiene su génesis en el cueto que viene a cuento. Contemos:
 

A rio revuelto

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A RÍO REVUELTO                                        

(ganancia de pescadores)

La historia que da origen a la idea de que una conmoción juega a favor de intereses particulares tiene su génesis en el cueto que viene a cuento. Contemos:

En algún lugar del África corren indomitables las aguas del río Gñombé. Los súbditos del Rey Uki de Antobo, aprovechaban para cruzar a la otra orilla burlando la seguridad de los guardias y aprovechando los intervalos entre una creciente y otra (suelen darse hasta tres al hilo) para confesarse con la anciana Ñeñé, sacerdotisa del rito trumbé y poseedora de extraordinarios conocimientos y poderes curativos. Hedionda y de pechos maduros (por el piso), Ñeñé era un arquetipo de bagayo que proporcionaba consuelo, absolución y ungüentos a quienes llegaban de Antobo donde la generosidad de Uki era tan exigua como la de sus sacerdotes. Estos últimos (ukistas de la primera hora) eran codiciosos y exigían a cambio de consuelo, absolución y ungüentos un diego (Ver aceitar) con que palear las miserias de una vida consagrada a la venta de indulgencias. Los servicios prestados por Ñeñé al otro lado del Gñombé, devolvían a quien se atreviera a cruzarlo el cupo de pecados indispensable para continuar viviendo a un costo mucho menor que el diezmo en pepitas exigido por el cura de enfrente. El precio que Ñeñé imponía no era más que un beso amoroso y una sentida caricia lo cual acabó por convertirse en causa frecuente de asco y desmayo entre los valientes peregrinos de Antobo que acudían al bagayo.

Ahora el tema que nos ocupa: A río revuelto ganancia de pecadores. La vera del Gñombé donde tenía su amoroso templo la pestilente sacerdotisa era territorio del hermano país de Ruanda donde, aprovechando el cruce edificador, los peregrinos podían adquirir electrodomésticos a un precio inferior al que debían pagar en su país, envilecido con políticas que favorecían la inexistente industria nacional (limitada, según se sabe, a la venta de colmillos de elefantes y cabezas reducidas de militantes socialistas ingeniosamente adaptadas para su uso como  ceniceros). De allí que a los peregrinos de Antobo que frecuentaban los favores de Ñeñé aprovechando las idas y venidas al país vecino entre las crecientes del río, los gritos de los curas y los guardias reales de Uki, las redes lanzadas y recogidas por los pescadores en ambas orillas para traficar o contrabandear se los conociera como bagayeros o frecuentadores del Bagayo. “Ellos cargaban con sus culpas en busca del perdón y regresaban igualmente cargados pero de televisores a color, lavadoras, pasacasetes y pañales descartables. En el ir y venir renovaban su fe y los electrodomésticos. Un beso y una caricia al bagayo de Ñeñé, era un precio justo por tantos afanes.” nos sugiere Comand Celá Mangé de la Université de Lyon en su ya olvidado “Caminos de la fe y el contrabando”, Université de Toulouse, 1967.

 

 


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