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Euf. Sobornar, coimear, engrasar, untar, arreglar, acomodar, colocar, transar.
 

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Euf. Sobornar, coimear, engrasar, untar, arreglar, acomodar, colocar, transar. “Quien vende aceite las manos se unta”: radiografía de almacenero que acaba por quedarse con la parte del león (ver “la parte del león” pag. 122). El que vende aceite lo fracciona y en el asunto acaba con las manos untadas, enriquecidas por el derrame. Aceitar una operación o ponerse, es una convención consagrada por el abuso que alude a la existencia de un cómplice que al igual se engrasa, se ve comprometido. Después de todo, y como es sabido, el mundo es un mercado donde unos se venden y otros son comprados. La consideración en torno a la figura del “socio” requiere abundar en al menos una de las regla rectoras, concretamente, aquella que establece el derecho a comer y dejar comer. Desde luego, sería conveniente tener en consideración los riesgos que implica la codicia de una de las partes y sus derivaciones aplicadas al estereotipo canino del hortelano que ni come ni deja comer (ver “Perro del Hortelano” Pag. 676). De lo inicial puede conjeturarse que quien “come” lleva las de ganar y quien se “compromete” debe conformarse con un porcentaje a determinar en función de la medida patrón diego argentino (eq. un diego = 10%).

Derivaciones varias: Casi todas las formas de aludir al soborno están vinculadas al comercio aunque, un capítulo aparte merecerían las extorsiones, prestaciones y otros flagelos derivados de la vida conyugal, los planteos afectivos, las amistades extorsivas y los compromisos políticos. Llegado el caso, nadie queda libre de sospechas. Adj. regalado, comprado: De tal modo puede decirse que “Fulano está comprado” o “Mengano se vendió” haciendo del “acuerdo” una mercadería de cambio y del engrasado un bien de uso. Cuando Mengano se vende sin fijarse bien a quién o a qué precio, se lo considera rifado; si la transacción es francamente desigual puede llegarse hasta el extremo de juzgarlo un regalado. (fem. extensivo al sexo devil – por diabólico–) Una mujer que estuviera desesperadamente enamorada de Sultano y dispuesta a todo por conquistar sus favores, es vista como un regalo. Y si bien a mina regalada no se le miran los dientes bien se le puede llegar a medir el aceite, aunque más no sea por cortesía. En este caso la alusión a la sexualidad de la especie es evidente y no merece demasiadas explicaciones. Cabe aclarar que en el caso de las mujeres voluptuosas, sensuales y bellas pueden ser catalogadas de buenas máquinas. Para el argentino medio, particularmente para el porteño, la máquina remite a la idea de  automóvil deportivo. Una mina que raje la tierra puede estar tan buena como una Ferrari o una Masserati. De allí que medirle el aceite a la mujer regalada (o no) suponga dos perspectivas diferenciadas (aunque vinculadas o bienculeadas) según en qué lado de las sierras de Córdoba se encuentre el observador.

El decir aceite de canario, hoy ya en desuso, remite al soborno en el que mediaba el intercambio de un billete de $100 pesos, de vaya a saber uno cuál de todas las emisiones monetarias argentinas, a los que por el color de su tinta (amarillo) se les llamaba canarios: $100 pesos de entonces, igual un canario ($100=1ÿ).

 

 


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