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Personaje siniestro con el que abuelas, tías, mucamas y otras huestes familiares aterrorizaban a los niños
 

El hombre de la bolsa

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EL HOMBRE DE LA BOLSA

 

Personaje siniestro con el que abuelas, tías, mucamas y otras huestes familiares aterrorizaban a los niños que no hacían lo que las abuelas, tías, mucamas y otras huestes familiares suponían que los niños debían de hacer. Curiosamente ese Hombre de la Bolsa tenía mucho que ver con el botellero o mendigo trashumante que recorría las calles de Buenos Aires en busca de despojos para reciclar. Porque a ver si nos vamos a creer que los alemanes inventaron el reciclaje. En eso de andar reciclando está claro que los argentinos estuvimos muy por delante de otros países que hoy se jactan de un hábito en el que nosotros fuimos pioneros. En el Buenos Aires de antes se reciclaban las botellas, los cartones y hasta los papeles de diario del día anterior servían para limpiarse el culo en las letrinas públicas de muchos lugares incluso en aquella que quedaba en los fondos de la casa de mi abuela. Algo parecido cuenta el trigésimo noveno presidente norteamericano Jimmy Carter en la recopilación de memorias titulada Una hora antes del amanecer. Carter cuenta su infancia en una granja de Georgia en dónde las letrinas igualaban las diferencias que prevalecían entre blancos y negros (ver tratado de la letrina y las luchas del apartheid). Pero volvamos al Hombre de la Bolsa que de alguna manera también se ha reciclado y aún nos persigue tanto en el recuerdo de aquellos años felices como en la realidad que nos toca vivir a diario. Las vueltas de la vida han logrado lo que parecía imposible, esto es: que el Hombre de la Bolsa se viera con buenos ojos, que gozara de una elegante apariencia y que dejara las botellas y los cartones por valores de mayor rentabilidad y menor riesgo. El Hombre de la Bolsa hoy usa corbata y gemelos con las iniciales de un club al que no lo hubieran dejado entrar a su padre o a su abuelo pero en el que ellos tienen reservado un lugarcito junto a otros reciclados del panteón de los recuerdos. El Hombre de la Bolsa de hoy es tanto o más peligroso que aquel que nos acosaba de niños, con la salvedad de que aquel otro era políticamente incorrecto y fácil de reconocer. El Hombre de la Bolsa de hoy en día se ha mimetizado con el paisaje urbano y ha conseguido infiltrar los ejércitos pedestres del micro-centro, los barrios privados, las autopistas… haciendo imposible su identificación. Con esto último aumenta su peligrosidad y su capacidad de aterrorizarnos haciéndonos pensar que —a diferencia de aquel otro con su bolsa al hombro y barba desgreñada—, éste probablemente lleve a sus hijos al mismo colegio que nosotros y hasta pueda llegar a convertirse en un modelo atractivo para quienes antes hubieran soñado con llegar a ser bomberos, colectiveros, policías o astronautas. 

 


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