EL QUE SE FUE A SEVILLA
Orig. “de Sevilla”, circa 1492. España, estaba convulsionada a raíz de la estampida provocada por el éxodo masivo de los no cristianos en todas direcciones y porque la Reina Isabel le había entregado sus joyas a un judío afeminado que insistía en que podía llegarse a las Indias navegando en sentido contrario cuando todo el mundo civilizado sabía que para ese lado quedaba Miami. No eran tiempos aquellos para desvaríos y los vecinos de Guadalquivir lo sabían. A la menor sospecha cualquier Sevillano /a podía perder sus perte-nencias y verse forzado a emigrar a tierras extrañas. Aquel estado de cosas provocó, lo que en muchas otras instancias sucediera a lo largo del curso de la historia: a río revuelto ganancia de pecadores (ver “a río revuelto ganancia de pecadores”). Los vecinos comenzaron a acusarse mutuamente con la esperanza de quedarse con lo que no les pertenecía. “Fulano tiene un primo que se fue con Colón”, “Mengano es comunista”, “Sultano, es amigo del Sultán de Granada” y así cundían las acusaciones en boca de unos y otros en procura de una mejora de las condiciones de vida propiciadas por el macartismo reinante en toda España. Existía empero una manera de evitar lo inevitable. La conversión a la Santa Iglesia era el santo remedio que le quedaba a aquellas personas cuya existencia corriera peligro.
Torquemada y sus tribunales, citaban al sospechoso a la abadía más cercana y, tras largas rutinas de tormentos y humillaciones (ver: “Sacar mentiras”) se le preguntaba: ¿Estáis dispuesto a dejarlo todo YA, para aceptar la ayuda y la guía de Nuestro Señor?” a lo que el impío, si quería quedarse en el barrio debía responder: “¡SI, YA!”. Caso contrario él y toda su familia debía abandonar el territorio peninsular, que estaba comprometido para quienes abrazaran la Santa Fe (ver: “Rosario”).
No había camino de retorno. Al partir y abandonar sus posesiones, los herejes perdían su condición de súbditos de la corona y todas sus pertenencias como así también cualquier posibilidad de reconsiderar su conversión al catolicismo. Esto último se conoció como Ley de Convertibilidad o La pérdida del ¡SI-YA!. En Sevilla se decía: “El que se fue de Sevilla perdió su ¡SI-YA!”, que nada tiene que ver con el mobiliario homónimo aunque, por lo general, este también quedaba junto al Guadalquivir con el resto de sus pertenencias a la hora de mandarse a mudar.
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