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Plato popular del Principado de Asturias.
 

Fabada

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FABADA

 

Plato popular del Principado de Asturias.

Ingredientes: alubias, chorizo colorado, tocino y otras fabaditas. Cómo la mayor parte de los guisantes populares, la fabada tiene su origen en las hambrunas que en el caso que nos ocupa también, alguna vez, afectó a más de un niño bien, pretencioso y engrupido.

Durante los alzamientos carlistas que azotaron a España a mediados del Siglo XIX, hubo gentes de buen pasar ¡y hasta nobles!,  que se vieron obligados a limpiar los platos con el pancito. La cosa venía fea, y para la familia Gómez Cou, habitantes del castillo de los Buenos Días en las afueras de Gijón, el panorama era aún mucho mas desolador. Poco y nada tuvieron quienes siempre vivieron en abundancia, desde que una avanzada de cuatreros republicanos, instalados cómodamente en su castillo, habían acabado con todas las provisiones que los Gómez Cou tenían guardadas para el invierno.

Una tarde, cuando ya todo parecía perdido, Andrecito, el menor de los hijos de don Ariel y doña Margarita, cansado y sin fuerzas para seguir jugando al doctor con su hermana menor Isabel, le pidió a su abuela paterna doña María de los Buenos Huertos que le prepare cualquier cosa de comer, “lo que fuese, una pavadita, tengo hambre”, imploró el Delfín aprendiz de ginecólogo. Doña María, que había soportado las hambrunas de su propio siglo, sabía que los retorcijones de tripa no eran lo mejor para un niño en edad de crecimiento y, que además, era Isabel la que acabaría pagando los platos rotos. Decidió entonces doña María, juntar algunas sobras de carne que quedaban dispersas en el saladero, y cocinarlas con las alubias que crecían en los macetones colgantes de las ventanas del baño que daba a los jardines del fondo. Así fue como, con un golpe de suerte, doña María acabó templando una extraordinaria cocción que fue delicia de niños y grandes aquella tarde de invierno junto al hogar del Castillo de los Buenos Días en las afueras de Gijón. Doña María, recordando las palabras del Delfín, preguntó a su nieto, que jugaba satisfecho después de haber comido, con una de las bombachitas de Isabel: “¿Que le pareció la pavadita que le cociné, Andrecito?”. Y, a partir de aquel entonces el plato pasó a convertirse en la pavadita hasta que un día, viniendo de jugar al fútbol con sus amigos, Andrecito le rogó a la abuela que cocinase para todos. Doña María, reflexionando sobre la numerosa concurrencia, llego a la conclusión de que con una sola pavadita no alcanzaría para todos y que esta vez debería sacar de la galera una verdadera y provechosa “pavada” que alcanzara para todos los niños. La abuela, cocinó usando los mismos ingredientes de la primera vez y todos quedaron  conformes y se retiraron a jugar al doctor con la hermana menor de Andrecito que ya comenzaba a enviciarse. Esos mismos niños serían más tarde, cuando hubieron pasado las miserias de aquel entonces, quienes recordarían las “pavadas” de doña María, que con el tiempo se convertirían en las tradicionales “fabadas” asturianas que hoy también pueden comprarse en lata.

 Nota del autor: Poco y nada se sabe del destino de Isabel.

 

 


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