FORNICAR
No fornicarás. Mandahambriento: No harás ni pan ni ninguna otra cosa en los f(h)ornos.
Jerusalén ha sido, desde tiempos inmemoriales, ciudad de una santidad tan inapelable como los argumentos con que sus habitantes esgrimieron siempre en defensa o contra sus vulnerables murallas. Tan santa fue (y sigue siendo) que tras sus muros albergaba reliquias propias y ajenas pero nunca concubinas o rameras para las que no había lugar. Las cortesanas, rameras, paripatéticas, gatos, atorrantas, hetairas, zorras, meretrices, putas, hurgamaideras, trongas, etc., debían ejercer sus menesteres extramuros, es decir, más allá de los límites precisos de la hedionda Jerusalén. Así pues, las profesionales del amor, muchas de ellas procedentes de la tribu de los zonzonitas, debían establecerse fuera, pero no muy lejos como para que los clientes se derritiesen en el intento de abordar sus pecaminosas tiendas de campañas. Estas simpáticas carpitas tenían la forma de un horno de pan, lat. forno. De allí que al copular con ese tipo de mujeres se le diga fornicar. El mandamiento por lo tanto es claro y contundente: “No fornicarás”, ordena: “No lo harás con putas”. El mensaje no deja lugar a dudas. La Biblia abunda en relatos que ilustran las relaciones incestuosas tan comunes de la época, entonces cabe preguntarse si lo que tenía Dios en mente a la hora de promulgar semejante ordenanza municipal no era el ahorro común. ¿Para qué gastar dinero en profesionales cuando siempre hay una hija, hermana, prima o madre a mano? ¿Acaso Sarah no era la hermana de Abraham?
Emma Thomas, en su “Recopilación arbitraria de costumbres” destaca entre otros, algunos conceptos relacionados y/o derivados del uso de los fornos extramuros de Jerusalén como lugar de citas:
Hacer buenas migas: franelear sin llegar a meter mano.
Hacer tortilla: una mujer con otra mujer.
Mojar el pancito: copula no completa o media francesa.
Quemarse: ir y que se sepa en todo Jerusalén
Quemarse al pedo: ir y que se sepa en todo Jerusalén y no haber “mojado el pancito”.
Estar caliente: estar dentro del forno.
No hay que jugar con fuego: los hornos son un lugar de trabajo.
Donde hubo fuego cenizas quedan: referencia a detalles tales como: la cama desecha, el vaso de whisky en la mesita de noche, los puchos en el cenicero etc.
El horno no está para bollos: burdel cerrado por vacaciones.
Fuego graneado: ¡fiesta!
También las conjeturas de Miss Thomas abarcan conceptos algo más extensos, profundos y reveladores como se advierte en el capítulo que dedica a “Pan con pan comida de Zonzo”. Como dijérmos oportunamente, las profesionales del amor provenían de la tribu de los zonzonitas, e individualmente se las conocía como zonzas. En tiempos de las festividades religiosas de roshashana y yonkipur, los judíos de Jerusalén se quedaban detrás de los muros para evitar consumar el echo además de pensar en “ello” (y porqué no, para darle un poco de bola a la bobe). A las zonzonitas no les quedaba más remedio que permanecer en sus fornos y, llegado el momento de una recalentada pedirle a una compañerita que le haga el aguante. “De allí pues”, explica la señorita Emma Thomas, “que a la práctica homosexual entre dos tiernos panecillos zonzonitas se le conozca como comida de zonzo (ver: a falta de pan, buenas son las tortas).
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