SIESTA
Hubo un tiempo en que nadie le daba importancia a los horarios y el mundo andaba por andar sin registrar el paso del tiempo. Pero allá por el año 540, cuando Ravenna caía en manos de Justiniano y Cassiodorus avanzaba sobre Constantinopla, hubo un tal Benedicto que escribió una guía de “reglas” que, poco tiempo después adopta la mayor parte del mundo cristiano, que establecía una lista estricta de responsabilidades, oraciones, horarios de comida, y ceremonias rituales que fijaban cuidadosamente cada hora del día.
Benedicto buscaba organizar la cosa de tal manera que un monje en Cerdeña encare la misma tarea que otro en Sevilla simultáneamente. Sus indicaciones fueron precisas, las tareas de los hombres de la Iglesia debían regirse por los mejores indicadores horarios de su tiempo: el reloj de sol y el reloj de agua y más tarde el “reloj vela” confeccionado para que se consumiera en incrementos horarios precisos y determinados. Las “reglas” de Benedicto ordenaban el cumplimiento de los días de cada santo, aquellos relacionados con la vida de Cristo, fiestas y conmemoraciones. A esto se le suma el hecho que Benedicto incorpora objetivos a cumplir y responsabilidades a prácticamente cada uno de los días del año utilizando para ello como modelo el antiguo sistema romano de división del día en horas que se median con la ayuda de relojes diarios que debían reactivarse cada tercera, sexta y novena hora (mañana, medio día, y tarde). Benedicto ordenó que cada uno de estos tres momentos sean anunciados cotidianamente en cada monasterio. También determinó horas canónicas que no requerían de anunciamiento alguno: amanecer (matutina), salida del sol (prima hora), atardecer (vespera) y noche (completorium). Benedicto confeccionó una lista con ciertos Salmos que deberían leerse a diario al inicio de cada una de las siete horas establecidas (cabe recordar que hasta ese momento se desconocía el concepto horario tal y como se lo conoce hoy: un día = veinti-cuatro horas). De esta manera todos sabían donde quiera se encontrase que debían hacer en determinado momento del día. La iglesia empezaba a comportarse como un ejército y el día empezaba a adoptar parcialmente la forma que hoy le conocemos. Benedicto fue más allá y fijó horas precisas para caminar, comer, trabajar y descansar. Con el tiempo, las estrictas reglas del monje fueron haciéndose carne de los monjes en los monasterios y de los feligreses en el campo y la ciudad. La palabra siesta, viene precisamente del ordenamiento antes citado y responde a la hora fijada para el descanso después de la comida del medio día (almuerzo). A esta hora se la conocía como la sexta hora del día.
Lo anteriormente expresado tiene mucha más relevancia en sí mismo que la que supone el haber establecido algunas reglas al azar para tratar de poner un poco de orden en un mundo sin tiempo ni aparentes prioridades. Es importante destacar entonces contra qué o contra quién tuvo que enfrentarse Benedicto a la hora de marcarle las horas a los demás. La oposición de la iglesia a todo lo que fuera racional no fue jamás tan feroz como en los tiempos que sucedieron a las Confesiones y la Ciudad de Dios de Agustín de Hippo (354-430). “En las escrituras no hay nada que diga que Nuestro Señor haya dicho: les envío al Espíritu Santo para que este les pueda enseñar algo acerca de la trayectoria del Sol y de la Luna”, tal era el tenor de las advertencias en curso. Más aún, San Agustín llegó a enunciar en una de sus cartas escrita en el año 404 (año Internacional del Peugeot) que “Dios quiso hacer Cristianos, y no matemáticos”.
La oposición que el pensamiento que encarnaba San Agustín le ofrecía a los estudios científicos (particularmente matemáticos y astronómicos) fue contundente y de no haber sido por la perseverancia de los Benedicto nos hubiéramos quedado, entre otros no menos provechosos descubrimientos, sin la siesta.
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