TU MADRE, ANDÁLA
Contracción: concha’e tu: del latín, 1ra. Declinación a; a; am; æ; æ; ã, genitivo: dativo: conchae ( de la concha, a la concha). Esopo: (fabulador) Griego (cuyo nombre, deviene de su extraordinaria delgadez y canosa melena que lo asemejaba al instrumento para sacarse la cera de los oídos conocido como isopo), escribió en cierta oportunidad en la que el Peloponeso le quedaba chico y en procura de acercarse a las playas del Mar Egeo para olvidar las limitaciones que le imponía su propio Parnaso, una fábula en la que expresara su frustración y hartazgo frente a quienes lo abrumaban a causa de sus lisonjeras reflexiones filosóficas, por otra parte, tan comunes a los griegos de entonces. Esopo intentó a toda costa, desde aquellas costas, eludir la falta de franqueza puesta de manifiesto en las parábolas de moda para aludir a sus detractores de manera más directa y concisa. Lo que más tarde deviene como un agravio coloquial, fue inicialmente una efímera alusión a los orígenes del “otro” en función de una hipótesis involucionista que le permita su propia anulación como ser: como Ser que desaparezca o que se vaya: conchæ de su (orígenes) madre.
La fábula en cuestión es, pues, la que da origen a la expresión que nos ocupa y dice más o menos así: Fábula de la almejita perdida: Había una vez, halla lejos y hace tiempo, una almejita desafortunada a quien el mar abandonó sobre la arena de una playa inhóspita lejos de la vida en constante evolución en las profundidades del Egeo. Temerosa y confundida, sólo atinó a resguardarse bivalvicamente cerrando su anacarada conchita y enterrándose. En la profundidad tersa de la fresca arena no percibió el rumor de su hábitat oceánico, ni las risas, ni los cantos ni los gritos de alegría de quienes jugaban en la playa y gozaban de la vida por sobre su acartonada existencia de molusco, su envidia olímpica y sus deseos de filosofar. Felizmente para nuestra protagonista, pudo llevar con ella en su naufragio, una edición barata de los viajes de la Odisea con dibujitos para colorear (las pinturitas venían incluidas), su walkman y su Atari, lo que le permitió conservar y alimentar su memoria con imágenes que se transformaron en su único vínculo con el mundo exterior mientras a su alrededor todos gozaban y jugaban a los juegos a los que los griegos solían jugar en las playas por aquel entonces. Sin embargo, todo cambió y su mundo de “Feliz Domingo” sucumbió cuando uno de quienes gozaba a su alrededor la pisara y destruyera su conchita anacarada exponiendo su elemental organismo a las inclemencias de un ambiente inadecuado.
Rápidamente, con ayuda de su rosada lengüita, nuestra almejita reptó buscando el amparo de una hermanita que, al verla desvalida, le dio transitorio albergue.
Moraleja: Si te molesta que la gente se divierta, anda a la concha de tu hermana.
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