Motín abordo del acorazado Potemkin

Se cumplen pronto 100 años del motín abordo del acorazado Potemkin, y 75 del estreno de la versión oficial de los hechos filmada por Sergei Eisenstein, que exaltó el alzamiento como la gesta festiva que inició el derrumbe de la tiranía zarista. Largamente eclipsada por la euforia de las imágenes del cineasta soviético, la realidad his-tórica empieza a salir a la luz, y no autoriza mayores celebraciones. El episodio Potemkin se parece más a un Via Crucis sangriento y desola-dor que a una fervorosa utopía realizada. Radar revela por primera vez el lado oscuro y real del acorazado más famoso del mundo (fugas, hambre, sangre, mala puntería, fusilamientos, diásporas) y cuenta todo lo que padecieron sus seiscientos setenta tripulantes y sus doce mil seiscientas toneladas de hierro cuando las cámaras de Eisenstein no esta-ban ahí para filmarlos.

  • MOTÍN ABORDO

By Eduardo Montes-Bradley 

¨Se cumplen pronto 100 años del motín abordo del Acorazado Potemkin, y 75 del estreno de la versión oficial de los hechos filmada por Sergei Eisenstein, que exaltó el alzamiento como la gesta festiva que inició el derrumbe de la tiranía zarista. Largamente eclipsada por la euforia de las imágenes del cineasta soviético, la realidad histórica empieza a salir a la luz, y no autoriza mayores celebraciones. El episodio Potemkin se parece más a un Via Crucis sangriento y desolador que a una fervorosa utopía realizada.

  • Radar revela por primera vez el lado oscuro y real del acorazado más famoso del mundo (fugas, hambre, sangre, mala puntería, fusilamientos, diásporas) y cuenta todo lo que padecieron sus seiscientos setenta tripulantes y sus doce mil seiscientas toneladas de hierro cuando las cámaras de Eisenstein no estaban ahí para filmarlos¨. *Alan Pauls, editor del suplemento Radar de Página/12 donde se publicara originalmente.

Preámbulo

El Potemkin se desplaza muy lentamente por la Bahía de Tendra. Trata de evadir a las torpederas leales, que no se deciden a dispararle. La escena parece un juego o un baile. Entretanto, en la ciudad, los cosacos continúan carneando gente y las columnas de humo se dispersan sobre el continente, cubriendo los campos con un hollín negro y pegajoso.

Krieger, vicealmirante de la escuadra, está reunido a bordo del Rotislav, en Sebastopol, escuchando el informe de los capitanes. Sólo necesita tres buenos buques que pueda enviar a la bahía para terminar con el Potemkin. Pero la flota no le responde como debería. En el Catalina II, la tripulación canta el Ave María y el Padrenuestro, pero se niega rotundamente a entonar Dios salve al zar. La tripulación del Alexander II, anclada en Kronstadt, desacata las órdenes, mientras que en los astilleros de Nikolayev se escuchan tiros desde muy temprano, sin que nadie tenga la menor idea de quién los dispara. Pero el problema no es sólo el Potemkin: La flota –o lo que queda de ella después de la paliza que los japoneses le dieron en Tsu-Shima– está en peligro.

Finalmente, Krieger ordena que el Santa Trinidad, el Jorge el Conquistador y el Los Doce Apóstoles zarpen inmediatamente con instrucción de acabar con el Potemkin antes de que a otro buque se le ocurra enarbolar el sucio trapo rojo en lugar del pabellón con la cruz de San Andrés.

El pas-de-deux entre el Potemkin y las torpederas que filmó Sergei Eisenstein tenía sentido sólo hasta cierto punto: el motín a bordo más célebre de la historia del cine no respondía –como lo proclama el cineasta en la secuencia de la carne agusanada– a un desacuerdo sobre el menú de la tripulación. Borges estaba en lo cierto al asegurar que “El acorazadoPotemkin” no es “un film realista”.

El filme elude la crueldad creando una atmósfera artificialmente festiva que busca ganar la simpatía de los espectadores y, al mismo tiempo, aislar el motín del complejo engranaje de circunstancias que lo determinaron. El guión de Nina Agadjanova, más ambicioso en un principio, contemplaba todos los hechos vinculados con los levantamientos de 1905. Al enamorarse del episodio Potemkin, Eisenstein despoja al film de un sentido histórico trascendente conviertiéndolo en ficción, omitiendo –entre pormenores– el accidentado trajín por el Mar Negro y concluíyendo la aventura abruptamente.

Los marineros campesinos

La decisión de huir poniendo proa a Constanza (Rumania) tuvo que ver con dos activos participantes de las deliberaciones a bordo, Constantine Feldmann y Kirill, dirigentes de la socialdemo-cracia ucraniana que se sumaron a la tripulación del “Potemkin” durante el episodio de Odessa. Tanto Feldmann como Kirill aportan el barniz ideológico del que carece la tripulación. Afanasy Matushenko, protagonista del film de Eisenstein es, como la mayoría de sus compañeros, un campesino analfabeto sin antecedentes políticos y, lo que es mucho peor, sin ninguna experiencia previa como marino.

The Potemkin Crew. Archive, Montes-Bradley

Al igual que Fyodor Mikishhin, Josef Dymtchenko y los otros 667 trripulantes marineros, Matushenko había sido arrancado de los surcos de Bessarabia para revitalizar las tropas diezmadas en la guerra Ruso-Japonesa. Sin la intervención de Feldmann, es probable que los amotinados se hubieran quedado a enfrentar los refuerzos que venían de Sebastopol –con lo cual Eisenstein se habría tenido que conformar con un cortometraje– o navegado a la deriva hasta que los encontrara Krieger, o hacia el Bósforo, donde los esperaban los turcos para mandarlos al fondo del mar. En Constanza, suponían los amotinados, podrían reaprovisionarse y darle tiempo a la Revolución hasta que ganara momentum. Feldmann entendía que era cuestión de aguantar, que tarde o temprano otros buques iban a sumarse.

El día después

La orden de poner motores a toda máquina fue impartida por Matushenko al piloto Alexeev, uno de los tres suboficiales sobrevivientes del sangriento 27 de junio, día del motín. Así como Eisenstein evitó mostrar lo que realmente había sucedido en Odessa cuando el Potemkin intentó cañonear el teatro (ver más adelante “La puntería Bolchevique”), su versión de los hechos hace del golpe de los insu-rrectos una pícara osadía marinera. Pero lo cierto es que la toma del acorazado implicó el aniquilamiento de toda la plana mayor menos siete oficiales que fueron retenidos durante once días en las letrinas por si las moscas, a los que habría que semarles los tres suboficiales –Alexeev incluído– que Matushenko consideró im-prescindibles para navegar el Potemkin. El resto, los prescindibles, fueron apuñalado ritualmente o arrojados al mar, donde sirvieron de blanco para los tira-dores que probaban puntería desde las barandillas de babor y estribor según la ocasión. Borges supone correctamente: el levantamiento del Potemkin no fue un episodio heroico ni estuvo desprovisto de cruel-dad. La frivolidad con la que aparecen los hechos en la pantalla poco y nada tiene que ver con el baño de sangre que exigieron.

Durante la primera noche de navegación en fuga, el Comité Revolucionario –formado por los líderes del alzamiento y los militantes de Odessa– redacta un modesto comunicado (el primero de varios) dirigido a la Humanidad íntegra:

“Ciudadanos de todos los países y de todas las nacionalidades, el gran espectáculo de la gran guerra por la libertad estáocurriendo frente a vuestros ojos”.

Los amotinados esperaban un vuelco en la voluntad de las tripulaciones de otros buques; la fuga de Odessa había sido sólo un entreacto en la guerra revolucionaria: Pronto –suponían– se sumarían otros y las masas enardecidas los recibirían en puerto como a héroes. En otro párrafo del comunicado los amotinados intiman al zar a que concluya la guerra con el Japón y abdique sin más “…convocando a una asamblea internacional constituyente sobre las bases del sufragio universal, directo, secreto e igualitario”.

El comunicado concluía diciendo que la tripulación amotinada del Potemkin estaba “dispuesta a triunfar o perecer en el intento”.

El Potemkin no se vende

En la madrugada del 2 de julio, el guardia de turno anuncia que están frente al puerto de Sulina. Es un amanecer promisorio. Por el momento no hay noticias de la flota y el horizonte está libre de obstáculos –sobre todo de humo– y eso es bueno. Llevan varios días navegando a tres cuartos de máquina y las calderas piden agua a gritos. En Constanza, seguramente, podrán reaprovisionarse de carbón y agua dulce; por el momento habrá que darles de beber lo que hay, y lo que hay, y en cantidad, es agua salada.

The Potemkin. Archive, Montes-Bradley

El Potemkin llega a Constanza cerca de medianoche de aquel mismo día fondeando a milla escasa del muelle. El comandante Negru, responsable de las operaciones navales de la flota rumana, ignora el saludo de dieciocho cañonazos que sí pone en alerta a los vecinos. Negru decide esperar que aclare. La base de Constanza disponía de un sistema de comunicación más sofisticado que el Potemkin, y estaba al tanto de lo que sucedía y de las advertencias de la flota. Pero Constanza no es Rusia, y Rumania va a jugar sus propias cartas en el asunto.

En la madrugada del 3 de julio se presentaron a bordo del acorazado ruso, con cara de buenos amigos, unos cuantos oficiales en representación de Negru. Los rumanos fueron agasajados en el camarote que había sido del capitán Golikov, donde había una buena provisión de vodka y vinos moldavos dignos del ágape. La ocasión llama al brindis y Matushenko descorcha. Poco antes del mediodía, las partes acuerdan que el Potemkin puede permanecer anclado y que un contingente de los amotinados estaría autorizado para desembarcar para comprar alimentos y contratar a un médico que asista a heridos y enfermos. Cuando Matushenko pide carbón y agua potable, el oficial con más medallas entre los presentes busca desentenderse del asunto argumentando que tratándose de carbón y aguad debería primero consultarlo con sus superiores. En las arcas del Potemkin había cerca de veinte mil rublos (casi seis mil libras) destinados a esos efectos. La negociación no iba a ser fácil.

A media mañana se presentó a bordo la comitiva de una embarcación rusa comandada por el capitán Belvaniety: acababa de anclar y no estaba al tanto de la situación del Potemkin. Además de no contar con sistema de comunicación Morse, Belvaniety tenía otra excusa: los periódicos en Rumania hablaban del tema, pero ni él ni ninguno de sus tripulantes leía rumano. De manera que al pisar cubierta llegó la sorpresa: en lugar de la formación reglamentaria con la que debía encontrarse, Belvaniety dio con unos cuantos talargas tarareando “Ochichornia” mientras otros tantos tomaban sol en cubierta. En eso, Matushenko apareció de la nada escoltado por un par de lugartenientes revolucionarios.

—“Tiene usted exactamente treinta segundos para desembarcar y dos minutos para regresar a su barco”, dijo el camarada.

Belvaniety, indignado, exigió saber dónde estaba el capitán a lo que Matushenko respondió señalando al fondo del mar.

La tercera visita del día fue de una delegación del crucero rumano Elisabeta, también anclado en las proximidades, que fueron tan bien recibidos como los primeros e igualmente convidados a beber vodka en el camarote que había sido del capitán que ahora estaba en el fondo del mar. Entre la segunda y tercera copa, Matushenko y Feldmann aprovecharon para llevarse a cubierta a un par de peces gordos con medallas y estrellas con la idea de comprarles, por debajo de la mesa, las indispensables provisiones de carbón y de agua dulce. Pero los oficiales doblaron la apuesta ofrenciendo derecho de asilo, pasaportes rumanos e inmunidad a cambio de que les vendieran el Potemkin. Ni más ni menos. Molesto, Matushenko devolvió la gentileza preguntándoles a los oficiales cuánto querían ellos por el Elisabeta y todo se fue al garete. Fin del encuentro. Esa misma tarde llega un comunicado de tierra que advierte a la tripulación que el Potemkin**ya no es bienvenido, y que no habrá para ellos ni agua ni carbón ni provisiones.

Plan B

La dirigencia amotinada-en-pleno se reúne alrededor de una carta del Mar Negro para analizar la inmediata partida del puerto de Costanza y los posibles destinos. Alexeev, presente sólo como referencia en caso de consulta (nadie tenía en claro cómo interpretar cartas marinas) sugiere Eupatoria, pero en Eupatoria no había carboneras. Kirill propone regresar a Odessa, pero todos concuerdan que sería un suicidio. Dymtchenko señala sobre la carta el Golfo de Kerch, donde la flota solía abastecerse, pero Mikishhin lo supone bloqueado y el tema queda descartado. Ninguna de las posibilidades parecía convincente. Entretanto, Feldmann, que se había pasado toda la discusión hojeando una Guía de puertos del Mar Negro de la biblioteca de Golikov, propuso Theodosia, que además de puerto carbonero estaba en ruta al Cáucaso. Feldmann y Matushenko habían discutido la posibilidad de iniciar un foco revolucionario en la Caucasia en caso de que, como parecía, la flota no se sublevase para acompañarlos en su marcha triunfal a San Petersburgo para colgar de las barbas al zar Nicolás. Se optó por Theodosia.

Odessa's Plat 1905. Archive, Montes-Bradley

Levan anclas con los motores en marcha cuando un lanchón se arrima a babor con un mensaje del rey Carol I: una invitación a rendirse. Pero esta vez el tono era diferente, y además lo firmaba el mismísimo rey de Rumania, quien les garantizaba que no habría represalias y tampoco los entregaría a los ruskies. La oferta era interesante, pero Matushenko la juzgó tardía. Rumania los había despreciado, y eso no se perdona fácilmente.

Un pueblito de morondanga

El Potemkin llegó a Theodosia en la madrugada del 5 de julio, apenas unas horas después del mensaje de San Petersburgo, advirtiéndoles de las consecuencias que sufrirían si llegaban a ceder a los pedidos de la tripulación amotinada.

Hubo intercambio de señas con banderitas y otras formalidades marineras, hasta que Kirill y Matushenko fueron finalmente invitados a desembarcar para exponer su situación en el delicioso ayuntamiento local.

Para cuando los amotinados llegan el lugar está repleto. Kirill, cebado, aprovecha y se despacha con un discurso de hora y media que concluye con la solicitud formal de carbón y agua dulce. El alcalde agradece la presencia de los marineros y la elegante concurrencia, y promete presentarse esa misma tarde a bordo con la ayuda requerida.

Poco después del mediodía, el guardia de turno anuncia que del muelle acaba de partir el mismo vaporcito que había llevado a Matushenko y Kirill hasta Theodosia esa mañana: viajan de pie el alcalde, el secretario del Tesoro y un asistente que abordan y son recibidos por la tripulación y la dirección del Comité Revolucionario en pleno. El aspecto de algunos tripulantes da pena: hace días que no comen, y el agua potable que alcanzan a procesar a bordo no es suficiente.

El secretario del Tesoro lee el pliego con las provisiones que ofrece Theodosia: carne en pie y carneada, aceite para motores a combustión, tabaco, fósforos, vodka, pan y harina, vend ajes y periódicos. Queda claro, cuando termina, que el carbón y el agua dulce quedaron afuera. La mayoría de los marineros parece recobrar el aliento sólo con la mención de la carne, el vodka y el tabaco. No así Matushenko.

“Muy bien”, dijo cruzándose de brazos, como solía hacerlo. Y agregó: “Tienen veinticuatro horas para traer lo que nos ofrecen, ade-más del carbón y el agua dulce que se olvidaron. Si se demoran más de veinticuatro horas, les volamos el pueblito en pedazos”**(sic). La delegación de theodosianos se retiró en su vaporcito y los amotinados se fueron a dormir una vez más sin probar bocado.

En la madrugada del 6 de julio, las nuevas circulan de hamaca en hamaca entre los marineros del Potemkin: los habitantes de Theodosia abandonan su pueblito de postal para refugiarse en las montañas, llevándose todo lo que pueden. Algunos van a caballo, otros en burro, muchos a pie: parecen hormigas subiendo por senderos interminables que se pierden en los bosques. Era la única alternativa que les dejaban los cañones del acorazado y las amenazas del zar.

Aprovechando el éxodo, Matushenko y Feldmann echaron mano del vaporcito y fueron a por lo suyo, en misión carboníferosorpresa. El arrojo les costó mucho más de lo que estaban dispuestos a gastar: la partida de cincuenta kamikazes que habían dejado los theodosianos salió a enfrentar a los intrusos disparándoles desde la costa. Tres de los amotinados murieron en el intento; el resto tuvo que regresar a nado hasta las escalerillas del Potemkin. Esas tres bajas fueron mucho más desmoralizadoras que las sufridas en Odessa cuando regresaba la par-tida que había ido a enterrar a Vakulinchuk. Después de todo, ese pueblito de morondanga en el medio de la nada acababa de costarles tanto como el entierro del“mártir del Potemkin”.

Ese día hubo quien habló de volver a Sebastopol y entregarse. La mayoría seguía sosteniendo que era una locura. Pero seguir a la deriva también era insensato, y la falta de agua y alimentos causaba estragos. Hasta que alguien, de golpe, recordó la oferta del monarca ruma-no, que ya no parecía tan despreciable.

Suelo bajo los pies

El Potemkin entró por última vez en la bahía de Constanza a las 2 de la madrugada del 8 de julio. Quizá pueda decirse que los esta-ban esperando. A poco de haber llegado, una delegación mínima se presenta a bordo y confirma los términos de la oferta. Al amanecer, los tripulantes del Potemkin comienzan a desembarcar, agotados después de trece días sin pisar tierra firme, mal alimentados, sedientos. En las pequeñas embarcaciones que los acercan a la costa cargan con todo: vajilla, ornamentos, sanitarios, muebles, herramientas, tohallas, herrajes, libros. Una vez en tierra firme, Matushenko distribuye equi-tativamente los 20 mil rublos que no les habían servido para comprar carbón ni agua dulce.

La diáspora

Cerca de setenta marineros y suboficiales regresaron a Sebas-topol para ser juzgados. Siete de los más comprometidos con la conducción del motín fueron fusilados y diesinueve fueron enviados a Siberia. El resto recibió penas de hasta veinte años de prisión. El Potemkin fue finalmente restituido a sus “legítimos” propietarios y –en un arranque de zarismo patológico– rebautizado “Pantelymon” por Nicolás II, lo que significaba algo así como “campesino maleducado o despreciable”. Los que optaron por quedarse en Rumania gozaron de una relativa tranquilidad durante poco más de un año. En la primavera de 1907, Matushenko aceptó la amnistía que le prop usieron los rusos y al llegar a la frontera fue colgado por traidor (e ingenuo).

Richard Hough, autor de The Potemkin Mutiny, asegura que en el verano de 1908, Dymtchenko y treinta y uno de sus camaradas emigran. Con ayuda de la socialdemocracia alemana llegan a Londres, donde son invitados a dar conferencias y charlas para una logia conocida como la British Friends of Russian Freedom. Hough, que alcanzó a entrevistar a veteranos de esa organización británica que dio apoyo a los revolucionarios rusos, recuerda un testimonio en particular que echa por la borda cualquier posibilidad de cerrar el tema para futuros biógrafos. Según la fuente, en la tarde del 16 de septiembre, veteranos y padrinos se reunieron por última vez, cantaron canciones en ruso y en inglés, y bebieron vodka y maltas escocesas. Al día siguiente, los treinta y un orientales se embarcaron con destino a la Argenti-na. Richard Hough concluye su investigación precisamente allí, en las radas de Liverpool. Pero la escena no deja de ser un buen comienzo para otro crucero.

La puntería bolchevique

(Toda la verdad sobre el cañoneo contra el teatro de Odessa)

Una de las escenas más recordadas de la película de Eisenstein es aquella en la que los cañones disparan contra el teatro de Odessa, todo un símbolo de la burguesía opresora. Los cañonazos dan en el blanco y un león cae de su pedestal anticipando el derrumbe del impe-rio. En una conversación con el periodista Esteban Peicovich, Borges imagina:

“Tenemos el barco de guerra, el acorazado disparando sus cañones a la ciudad de Odessa. Ahora bien, como sentimos simpatía por los marinos, el único daño que hacen sus cañones es tirar un león de piedra de su pedestal. Eso podría pa-sar en una película fantástica, pero en una película realista me imagino que si un acorazado dispara a cien metros de nosotros mataría a alguien. Pero, claro, no puede matar a nadie porque estropearía las simpatías de los espectadores. Unicamente por eso mata a un león de piedra. No me parece que los rusos se-pan hacer realismo”.

La decisión de bombardear el teatro no fue sencilla ni abrupta. En principio hubo oposición por parte de la mayoría de los amotinados, que entendía que sería un baño de sangre innecesario. Entretanto, y aprovechando una tregua pactada con el general Kokhanov, que estaba a cargo de las fuerzas militares en Odessa, una partida integrada entre otros por el padre Parmen daba sepultura a Vakulinchuk en el cementerio militar. De regreso al Potemkin, el grupo sufre un ataque sorpresa en el que mueren tres marineros. La noticia vuelca las voluntades en favor del bombardeo. Matushenko, complacido, ordena la puesta en marcha de los motores y el avance del Potemkin**hasta un cuarto de milla de la costanera, una maniobra que carece del menor sentido, ya que el buque contaba con cañones de doce pulgadas y un alcance de precisión de doce millas.

Pero la confusión fue más allá. Ante la duda, Matushenko ordenó cargar los cañones de doce, los de seis y los de tres por si acaso; para colmo, los que podían operar eficientemente la capacidad de fuego del Potemkin habían sido arrojados por la borda con unos cuantos agujeros en el uniforme. Los amotinados, en su mayoría campesinos analfabetos, nada sabían de maniobras complejas como la que estaban a punto de encarar. Era como sacudir de un cañonazo el Teatro Colón desde un acorazado anclado en medio del Río de la Plata con una tripulación de conscriptos santiagueños. Como era de esperar, el tiro fue a dar en Corrientes y Esmeralda.

La tarea, planeada y orquestada por Constantine Feldmann –delegado ante el Comité Revolucionario del Partido Social Demócrata en Odessa–, era imposible desde el vamos. Feldmann descontaba que en el teatro estaría reunida la oficialidad zarista en pleno, incluido el mismísimo general Kokhanov. Muerto Kokhanov, pensaba el delegado, las tropas se sumarían a la causa, y con Odessa a los pies de los insurrectos ya nada detendría la revolución.

The Potemkin Crew's Uniform. Archive Montes-Bradley

Llegado el momento de disparar, el Comité recurrió al suboficial Bedermeyer, uno de los pocos marinos de carrera que, al igual que el teniente Alexeev, se había sumado a la causa a último momento. Junto a Bedermeyer, para asegurarse de que no hubiera errores, estaban en el puente Matushenko, Dymtchenko, Mikishhin, Feldmann, Kirill y el teniente Kovalenko. Bedermeyer buscaba con dificultad el objetivo en la mira. El teatro, elevado respecto del nivel del mar y a más de una milla de distancia, estaba rodeado de otros edificios ocupados por hombres, mujeres y niños que no tenían la menor idea de que estaban a punto de ser desintegrados. Dispararon primero tres sal-vas de aviso, pero la señal, destinada a la población civil, alertó en cambio a los oficiales que iban a reunirse en el teatro. Los militares se dispersaron antes del primer cañonazo; los civiles no.El estruendo de la primera carga sacudió la banda de estribor con todo el peso de sus seis libras. Hubo vivas y hurras entre los amotinados. Luego el impacto, la columna de humo y el alerta desde el punto de observa-ción:  —¡Laaargooooooo!.

Matushenko, desconcertado, tarda unos segundos en reaccionar, y lo hace de mala manera. Bedermeyer se pone más nervioso de lo que estaba y se excusa argumentando que sin un plano a escala de la ciudad es imposible dar en el blanco. Matushenko no parece entender razones y ordena el segundo disparo. Bedermeyer calcula, ajusta la mira y vuelve a dar la orden. El estallido sacude de nuevo la banda de estribor, y una vez más se oye el alerta desde el punto de observación:  —¡Laaargooooooo!.

La tarde del 29 de junio de 1905, dos tiros de cañón fueron disparados desde el acorazado Potemkin y ninguno –mal que le pese a Eisenstein– dio en el blanco. Para consuelo de Borges, tampoco arran-caron ningún león de su pedestal. Los disparos impactaron un poco más allá del objetivo, sobre viviendas y locales, en pleno centro de la ciudad, donde no había generales del zar sino civiles tratando de evacuar la zona. Pero quizá Bedermeyer no haya sido tan torpe como parece. Después de todo, en lugar de una sentencia de muerte o un puesto en un campo de trabajos forzados en Siberia, como la mayoría de los amotinados, lo que recibió fue una bonificación y un ascenso de grado.