El discreto encanto del Sr. Ocantos

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Detalles de una vida olvidada

Novelista, diplomático, dandy, sociólogo antes de que existiera la sociología y miembro de la Real Academia, escribió más de treinta libros en los que retrata la intimidad de la burguesía porteña, las modas y pautas culturales, el nepotismo y la fragilidad institucional de la naciente república. Sepultado por sus contemporáneos (entre ellos Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones), de su extensa obra hoy apenas se conoce la novela “Quilito”, a pesar de ser, para el autor de esta nota, uno de los máximos exponentes de la literatura hispanoamericana.

Carlos Maria Ocantos nació en Buenos Aires el 20 de mayo de 1860. A los veintitrés años vio publicada La cruz de la falta, de la cual apenas quedan unos pocos ejemplares disponibles en bibliotecas y subastas. Ernesto Quesada, crítico de la época, se empeñó en rescatar el debut literario por su significado histórico más que por los méritos de la obra: después de todo, muy pocos de sus compatriotas hasta entonces se habían aventurado en el género. Pero quizá más importante, llegado el caso, sea el hecho de que el compromiso de Ocantos con la novela lo llevó a concretar una obra de más de treinta títulos en los que retrata –como ningún otro– la intimidad en las relaciones de la burguesía porteña, las modas y pautas culturales, las vicisitudes de zaguán en los caserones del centro, las alternativas cotidianas en tiempos de la fiebre amarilla, el nepotismo, la fragilidad institucional y las intrigas políticas. Nadie retrató con tanto énfasis la corrupción y las extravagancias de la República y al mismo tiempo creyó tan vehementemente en las infinitas posibilidades que ofrecía esa “tierra de promesas” a la que habían llegado sus abuelos a principios del siglo XIX.

Es bueno saber que la idea de la Argentina como una tierra con futuro tiene al menos un pasado prometedor. Sin embargo, y obra mediante, Ocantos es un olvidado en su tierra, aunque habría que ver si es que resulta posible olvidar aquello que nunca se tuvo en cuenta. Y si poco y nada se sabe hoy de su producción literaria, menos aún es lo que se sabe de su actividad diplomática. En más de un sentido, Ocantos fue víctima de la confabulación de los idiotas que solía retratar con lujo de detalles en sus magníficas novelas.

El cónsul honorario

Un año después de la publicación de su primer novela, La cruz de la falta (1883), Ocantos ingresa a la Cancillería como secretario de la Legación en Río de Janeiro; diez años más tarde es nombrado primer secretario y chargé d’affaires de la Legación en Madrid, donde permanece hasta que finalmente, en 1909, resulta enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Dinamarca y Noruega, donde al momento habitaban la friolera de diez ciudadanos argentinos. Andreas Haningsen, uno de los diez representados, pasó a ejercer como cónsul adjunto. Por razones que desconocemos, Ocantos se deshace de Haningsen el 12 de mayo de 1916 y, a partir de ese momento, el exonerado inicia una curiosa operación destinada a serrucharle el piso a su ex jefe y autor de Quilito (1891).

Según consta en el legajo de Cancillería (hoy curiosamente desaparecido), el comedido habría denunciado a Ocantos por escrito el 4 de enero de 1917. Haningsen fundamenta su solicitud de destitución de Ocantos en función de tres argumentos: “Uno: su vida privada; dos: su carácter pendenciero; tres: su hermana”. Según Haningsen, Ocantos había llegado a Dinamarca en mayo de 1909 en compañía de su hermana María Luisa y de su “secretario privado”, un “gallego” de nombre Costa Millet. La referencia a “su vida privada” alude a la naturaleza de la relación entre Ocantos y Costa Millet, que Haningsen juzga inapropiada a un dignatario infiriendo que ambos vivían entregados al pecado en parques y pensiones de la capital danesa. Lo relativo a “su carácter pendenciero” tiene que ver directamente con ciertos roces producidos a partir de la publicación de Fru Jenny: seis novelas danesas, obra de Ocantos traducida al danés[3] que generó severa crítica en al menos un periódico local, donde se acusa al autor de “cínico perfecto”. El artículo, cuya copia fue remitida a Cancillería por el alcahuete Haningsen, juzgaba inaceptable que un extranjero escribiese sobre las costumbres de los súbditos daneses. Entre tanto, en la Argentina, los nacionalistas consideraban las novelas de Ocantos demasiado españolas para el gusto local. Los nacionalismos se parecen.

Para Haningsen, Ocantos no sólo era un mal escritor sino un artista de poca monta: “Puede ser que (sus novelas) no sean muy famosas, pero sus cuadros son horribles y naturalmente con la modestia que lo caracteriza él se cree un gran pintor”. Haningsen escribe mal, con errores de ortografía; hay algo que Haningsen no confiesa y que probablemente nunca sabremos. Su actitud es la de un despechado, la de un resentido. Ignora o prefiere ignorar que Ocantos goza de merecido prestigio: Benito Pérez Galdós, entre otros, fue instrumental en su designación como miembro de la Real Academia Española. Y no conforme con denigrar la letra y la paleta de Ocantos, Haningsen afirma, en su carta, que la relación íntima con el “secretario privado” constituye un bochorno para la joven nación argentina, y que su hermana es una “pobre infeliz sin educación, de malas maneras, fea y sonsa”, lo que a juzgar por cuna de los Ocantos y testimonios familiares, no deja de ser una infamia tan vergonzosa como la que descalifica su prosa y devoción por la pintura.

Para Costa Millet, el secretario privado, Haningsen reserva el término “gallego” a modo peyorativo, haciendo honor a la condición recalcitrante del medio pelo argentino tan finamente retratado por el autor en sus novelas: Haningsen bien pudo haber habitado en las páginas de El candidato (1893), La Ginesa (1894) o Don Perfecto (1902). Víctima del nacionalismo dinamarqués y las mezquindades del resentido Haningsen, Ocantos abandona Dinamarca para instalarse definitivamente en Aravaca, suburbio madrileño donde construye una casa de muy buen gusto en la que vivirá el resto de sus días en compañía de su hermana.

Excéntrico y ajeno

El reconocimiento literario le llegará de sus pares en España, en Escandinavia y de la mano de los siempre tan oportunos académicos norteamericanos, particularmente en dos de sus figuras más destacadas: Frederick Bliss Luquiens y su alumno Theodore Anderson, que en 1934 hará pública su tesis “Carlos María Ocantos, argentine novelist”. Fue este último, precisamente, quien observó que resultaba “difícil suponer que no hubiera un lugar de honor reservado en la historia de la cultura en la Argentina para un hombre que tan bien y por tanto tiempo había servido a su país como diplomático pero cuyos libros lo habían convertido en el embajador literario más trascendente que haya tenido el país”. Lamentablemente Anderson, un new englander después de todo, no contaba con la predisposición de Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones para sepultar a Ocantos y su obra por juzgarlo, entre otros argumentos, demasiado excéntrico y ajeno al gusto nacional. A Lugones y Rojas se les volvía tan intolerable la sonoridad del lenguaje ocantiano como a Haningsen la supuesta e inaceptable relación del diplomático con su secretario privado. Con el tiempo, todos olvidarían a Ocantos y los argentinos perderían la oportunidad de sumar a su patrimonio a uno de los máximos exponentes de la literatura hispanoamericana. Tal vez no sea demasiado tarde.

Carlos María Ocantos murió en Aravaca el 30 de agosto de 1949. Sus restos fueron sepultados, junto a los de su hermana María Luisa, en el cementerio de San Justo, en Madrid. Un año más tarde y a solicitud de la familia Ocantos, ambos cuerpos fueron repatriados y desde entonces, comme il faut, el novelista vino a sumarse a muchos de los secretos del cementerio de la Recoleta.